7 jul. 2013

Relato #1

¡Hola, viajeros!

Hoy he decidido hacer algo muy especial.
Hace tiempo que leo y, como leo, escribo. Escribo cosas que salen de mi imaginación, algunas sin sentido.
Hoy os traigo un primer capítulo de una historia que decidí comenzar hace mucho tiempo. No sé si os gustará, pero.. el otro día lo vi, en una carpeta olvidada... os lo dejo aquí.
Está ambientado en la tercera guerra mundial.

***
Cuando estoy sola, siento la necesidad de gritar fuerte o de reír. No sé si sería capaz de volver a soltar una carcajada, pero intentarlo no haría daño a nadie. Aun así, las chicas de aquí, si me vieran riendo, pensarían que estoy loca o que se me ha caído algún tornillo.
Cuando estoy sola, me siento alguien especial. No tan especial como otros importantes personajes que han dejado huella, pero si especial a mi manera. Siento que tengo algo que los otros no tienen. Aun así, como decía la tía Carol, tengo demasiada imaginación. Todo esto debe de ser producto de ella.

Ya es la primavera. No en nuestras vidas, sino en el campo. Ojalá las flores también volvieran a nacer en mí. No volverán, sin embargo. Lo sé del cierto, desgraciadamente. Lo que nos ha robado esta guerra, no volverá nunca más, como si una bestia repentina nos hubiera arrancado cada grano de trigo que nos pertenecía.
Pauline no volverá. Ony no volverá. Helcor no volverá. Ni tan siquiera yo volveré.

Una vez alguien dijo que nuestro destino está escrito en algún lugar inaccesible y que nosotros solo somos el peón del capricioso azar. De pequeña, pensaba que eso eran correrías de barrio, que no existía ningún destino. Ahora, no sé que creer. Ya no.
Después de ver como me arrancaban del seno de mi familia, de mis amigos, de mi ciudad… ya no sé si creer que hay algún dios en el cielo que me ayude y que vele por mi salud y seguridad.
―Tienes una flor en el pelo.
 Me giro y veo como a unos escasos metros está Jay, con su sonrisa habitual.
Mi reacción es un reflejo. Corro hacia él y nos abrazamos cálidamente.
―Pensaba que, después de la reprimienda, no volverías a verme.
―¿Cómo podías pensar eso?
Río tímidamente. No sé como nos conocimos exactamente, pero, a fuerza de saltar las vallas de nuestros campos, hemos entablado una amistad fuerte.
Se sienta a mi lado y, juntos contemplamos el valle, florida por la primavera.
―Es bonita.
―Si no estubiéramos en guerra, claro.
Chasqueo la lengua. Me disgusta pensar que estamos en guerra y que, en este preciso instante, mis padres podrían estar soterrados debajo de mi casa.
―Es absurdo.
Minutos de silencio. Los pensamientos y las frases que iba a replicar se escuren. Es absurdo. Tiene toda la razón.
Lo observo una vez más: ojos marrones oscuros, de terciopelo, cálidos. Pelo revuelto como un huevo, de color extrañamente cambiante. Sonrío otra vez al pensar la primera impresión que tuve al verlo escondido detrás de los matorrales: Es feo.
Ni lo es ni importa.
―¿Has recibido noticias de tu familia?
―¡Sí! Están todos bien en la ciudad…―contesta con euforia. Recibir una carta de tu familia asegurándote de que han sobrevivido a los bombardeos es mejor que recibir cualquier bendición. ―He visto el camión que iba hacia vuestro campo. Seguro que tus padres también están bien.
Sin embargo, no hay tiempo para más. La trompeta suena y sé que quiere decir: noticias frescas.
―¡Tengo que irme, Jay! Nos vemos.
―Nos vemos. ¡Suerte, Ebna!
Arranco a correr y subo, agarrándome a las ramas, por la rampa natural que conduce hacia el campo. Allí, veo como ya se ha formado una piña de chicas que miran los sacos llenos de cartas. En una tarima, la directora nos va llamando a todas para que recojamos nuestras cartas. Un pequeño grupo de afortunadas ya estan leyendo las suyas.
Me abro paso entre las otras chicas y topo con Iseo y con Vem.
―Aun no te han llamado, puedes estar tranquila, Ebna.
―¿A vosotras tampoco?
Ellas niegan con la cabeza repetidamente.
Estamos atentas a los nombres que van llamando. Una a una, las chicas suben y recogen su carta.
Ya solo quedan unos pocos sacos y se van vaciando uno a uno. Un puñado de cartas para un puñado de chicas. Yo entre ellas. Si mi familia muriera ahora… no puedo imaginar a mis padres muertos. Una de esas cartas tiene que llevar mi nombre. Tiene que ser así o…
―Iseo Serél.
Iseo corre al escenario y, embargada de emoción, se aparta a un rincón para leer el contenido del papel.
Cada vez quedan menos cartas. Vem me aprieta la mano. Por lo que me ha contado, sus padres trabajaban en una escuela y tiene una hermana, Valetia.
Ahora veo como solo queda una carta. La última. Y en medio estamos solo Vem y yo. Cruel dilema. Una carta.
Con gran parsimonia, la directora lee el nombre, remarcando cada sílaba del nombre de la afortunada. Me siento como el peor ser de la tierra.
―Ena Mies.
Mi nombre. De inmediato, Vem me deja de apretar la mano. Su familia está muerta. Muerta.
Los ojos se le nublan de lágrimas por segundos. Todas las chicas la observan. Hemos presenciado este tipo de escenas miles de veces. Chicas que no soportan la perdida inmediata de algo tan querido como tus parientes. Siempre he sentido compasión por esas chicas. Y ahora el corazón se me quiebra mientras subo al escenario a recoger mi carta. Tendría que estar dando saltos de alegría.
Vem corre y se esconde detrás de las tiendas de campaña. Iseo no duda y sale en su busca. Al terminar de recoger mi carta, me doy cuenta de que yo también tengo que salir a buscar a mi amiga. Me guardo el papel en el bolsillo y corro.
Unos segundos después, estoy sentada al lado de Vem, escuchando su débil llanto, acariciándole el pelo rubio rizado que le adorna las mejillas.   
Vem siempre ha sido guapa, y eso que solo la conozco des de que empezó la guerra. Es rubia y tiene una cara de ángel, con esos ojos. Alta, de cuerpo esbelto. Todo lo contrario que yo, mi antónimo físico.
Iseo es más corriente, pero también irradia algo muy especial. Es de un moreno claro casi pelirrojo y tiene unos ojos de color tierra inusualmente almendrados. Cara alargada, esbelta, no tan alta, pero con una nariz muy graciosa.   
Sin embargo, Iseo me comunica con sus ojos que Vem no quiere hablar. De todos modos, ¿qué le íbamos a decir? ¿que lo sentíamos mucho? No, no lo sentíamos. No conocíamos ni a su madre, ni a su padre ni a Valetia.
Nos sentimos impotentes. Iseo apoya su cabeza sobre el hombro de Vem y yo la apoyo sobre su rodilla. Lo único que podemos hacer es abrazarla, dejar que se le pase, estar ahí, soportar sus gritos, sus lágrimas, sus maldiciones, sus arañazos, su desesperación.
De todos modos todas las que estamos aquí, ya hemos perdido a nuestra familia. Nos han separado de ella y, si volvemos a casa algún día, si no morimos en este infierno de campo, nunca volverá a ser lo mismo. La guerra nos ha destrozado las vidas. Aprieto fuerto la mano de Vem y Iseo me imita. Compañeras en lo insufrible. 

***


¡Muchas letras y buena lectura!



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